La cuna vacía, espectáculo estrenado el miércoles en la sala Solidaridad del porteño Centro Cultural de la Cooperación, es una de las puestas en escena más conmovedoras de Omar Pacheco, en la que refleja la lucha por la recuperación de los niños expropiados y la epopeya de las mujeres que salieron a la calle en rescate de sus hijos. “La idea matriz salió de la necesidad de reivindicar lo que considero la lucha inicial y la búsqueda denodada, que me parece un acto de amor extraordinario y de entrega, que va mucho más allá de la institucionalización de las Madres o las Abuelas de Plaza de Mayo”, confesó el director a Télam. “Me parecía indispensable –agregó– reivindicar a la mujer que ha hecho cosas que el hombre no ha podido, ya que no existieron «abuelos» o «padres»”. Sin embargo, destacó que no cree en una abuela visible y reconocible como representante de las demás, “lo veo como propio de un género, como una pulsión que tiene la mujer y no el hombre, por lo cual no solamente es más clara sino que es más consecuente”, señaló. La institucionalización de esa lucha a través de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo plantea el tema de la relación de la mujer con el poder. “Creo en la candidez inicial de un movimiento gestado por el amor. Después, cuando las cosas con el tiempo van gestando la organización, se van deteriorando esos principios originales, y a esa altura tengo dudas en el ser humano”, reconoció el creador de Cinco puertas. En La cuna vacía ese enfrentamiento con el poder se produce a través del personaje de un prestidigitador que establece las reglas del “juego” y dispone de la vida si esas reglas son infringidas. La escena se desarrolla en un doble formato: títeres minimalistas reproducen con precisión milimétrica las acciones jugadas por los actores, y duplican la intensidad dramática de las situaciones. En una escena, el prestidigitador expone a la titiritera que estaba oculta manipulando el muñeco de la abuela y la elimina del juego. Pero una segunda titiritera se saca la capucha y retoma el títere abandonado y restablece un registro visual con él, que no puede sostener la mirada. La puesta en escena de La cuna vacía tiene la impronta distintiva de Pacheco, donde la puesta de luces adquiere un rol protagónico que se suma a los distintos lenguajes que configuran el hecho teatral. La escenografía neutra en la que se destacan dos grandes rampas posibilita un juego de planos que se transforman mágicamente en los más variados ámbitos. Todo, desde el registro de movimiento de los actores hasta los elementos de utilería, pasando por la duplicación de las acciones jugadas por títeres y actores, adquiere un evidente valor ritual. A lo largo de 25 años de trabajo en su sala La Otra Orilla, las propuestas de Pacheco se han centrado en los años de dictadura militar. Secuestros, torturas y desapariciones encontraron en sus obras un potente lenguaje teatral, lejos del discurso meramente político, con la fuerza de la imagen, como una manera de ir cicatrizando las propias heridas. |